Cuento sobre veletas (o cómo las cosas se pueden ver y sentir de distinta manera).
De pequeño acostumbraba a mirar a lo alto. Resultaba una manera de cruzar fronteras inexpugnables, al menos con la mirada. Desde mi corta estatura me encantaba observar los tejados de las casas y soñaba con crecer tanto como para poder mirarlos sin tener tortícolis. Tan bajito me sentía pequeño y por eso admiraba el mundo que habitaba en la cima de mi ciudad, el mundo de los tejados. A veces mi padre me llevaba a una colina cercana y la visión de los tejados a mis pies me hacía sentir poderoso. Fueron muchos años de mirar hacia arriba, de subir a la colina y escrutar la vida del techo de mi ciudad. De entre todas las cosas que conformaban ese universo había una que destacaba entre las demás, era mi favorita. Era el único habitante con movimiento en un mundo inmóvil y por ello a mi me pareció el más vital, el más interesante. Una tarde de viento sur mi padre me llevó a la colina. Hacía calor y, aquel día, la subida se hizo más dura. Ya sentados en la cima, ubicados más altos que cual...