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domingo, 21 de julio de 2013

Sentirse libre

Sentirse libre
Volar es metáfora de libertad. Estos días de verano muchas personas planean viajes como forma de disfrutar de un espacio asociado a la libertad como son las vacaciones. Reflexionando sobre cómo vivimos la libertad me he encontrado con el sentimiento de libertad. Seguramente la humanidad busca sentirse libre tanto o más que ser feliz. Pero más allá de debates sobre qué es la libertad o de si podemos ser completamente libres me interesa la visión de la libertad percibida, es decir, la percepción de libertad y el sentimiento que la acompaña.

Según las acepciones 2, 3 y 4 de este término en el diccionario de la RAE, libertad es la situación, circunstancias o condiciones de quien no es esclavo, ni sujeto, ni impedido al deseo de otros de forma coercitiva. En otras palabras, aquello que permite al hombre decidir si quiere hacer algo o no, lo hace libre, y a la vez también responsable de sus actos.

La cuestión se complica cuando introducimos el factor emocional. Una persona puede tener derecho y posibilidad de ejercer su libertad pero, y he aquí la cuestión, no sentirse libre para hacerlo.La paradoja de la vivencia de la libertad contínua cuando nos ubicamos en el polo opuesto. Las personas cuya libertad objetiva (de movimientos, derechos, etc.) está muy restringida, a veces, afirman sentirse libres.

Volar o las vacaciones son imágenes de libertad

El filósofo Isaiah Berlin señala una importante diferencia entre la "libertad de" y la "libertad para". Las leyes naturales limitan esta forma de libertad, por ejemplo, nadie es libre de volar (aunque podamos o no ser libres para intentarlo). Isaías Berlín parece llamar a este tipo de libertad  "libertad negativa": Una ausencia de obstáculos en el camino de la acción (especialmente por parte de otras personas). Esto se distingue de la "libertad positiva", que se refiere a la facultad de tomar decisiones que conduzcan a la acción.


Desde mi punto de vista sentirse libre es una emoción que se experimenta cuando se alcanzan ciertas cotas de madurez, de autoconocimiento. Se trata de experimentar, además de cierta seguridad personal, un dominio sobre uno mismo. Esa sensación de libertad tiene que ver con ser conocedor de los deseos y de las limitaciones de uno, tiene que ver con haber adoptado ciertas metas, así como con la aceptación de que la vida te puede hacer el regalo de alcanzarlas o no. Sentirse libre es verse preparado para capear, para aceptar y en último término disfrutar de cuanto nos salga al encuentro en el camino. Algunos asocian esta sensación con el concepto fluir, solamente que relacionada con la realización de una actividad que nos apasione.
Libertad positiva



Las más de las veces aprendemos a ser libres descubriendo lo que nos impide sentirnos libres. Y es que hay muchas otras emociones vinculadas. La verguenza nos hace prisioneros del qué dirán, la envidia se olvida de nuestras metas, la culpa nos quita derechos, el miedo nos paraliza o nos hace evitar los riesgos inherentes a la vida, la soledad nos lleva a la falta de autonomía emocional, la desconfianza nos aisla, la seguridad hace de pista de despegue y de aterrizaje de las experiencias que nos aportan libertad o la satisfacción alimenta el motor con el que volar libres.

Sin verguenza me siento libre


Tengo la impresión de que a medida que disminuyen las situaciones en las que estamos atemorizados o nos avergonzamos, es decir, que tenemos cierto dominio sobre las emociones negativas, nuestra sensación de libertad crece. Por lo que el autoconocimiento y el autocontrol emocional, efectivamente, parecen dotarnos de las alas necesarias para afrontar viajes personales que nos lleven volando bien lejos.

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