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martes, 29 de mayo de 2018

¿A qué juegas en tu vida: a ganar, empatar o a no perder?

¿A qué das más valor a lo que pierdes o a lo que ganas, a lo que puedes perder o a lo que puedes ganar? La vida es un continuo balance entre el riesgo y la oportunidad y, por tanto se puede vivir desde estrategias tan distintas como la de la moderación que minimiza pérdidas, o la de la valentía que apuesta por las ganancias.

Este último año he tenido algunas pérdidas emocionales. En realidad la vida es una sucesión de pérdidas y ganancias, como si la experiencia vivida se construyera con infinidad de transacciones en una particular contabilidad emocional. Hay dos razones para escribir este post, bueno tal vez luego salgan más. La primera es dedicárselo a una persona que está pasándolo mal con ese mensaje tan poco consolador como real de que "a todos nos pasa". Pero también con alguna pista de cómo procesar las pérdidas, de cómo superarlas o, sencillamente, cómo aprender a vivir con ellas. La segunda razón es hacer un ejercicio público para animar a los lectores a escribir sobre sus emociones. No es necesario publicarlas pero la ciencia sabe hace tiempo del efecto positivo de escribirlas para gestionarlas de manera más sana.

En el último año he dejado de ser psicólogo a tiempo completo y he regresado a un trabajo que asegura el bienestar económico de mis hijos. He roto con personas que aprecio. He abandonado proyectos profesionales muy interesantes, varios además. Mi hijo mayor se ha ido a vivir muy lejos y, aunque es una marcha temporal, hay algo de huida de mi en ello. He visto deshacerse, casi desintegrarse al Consorcio de Inteligencia Emocional de mis amores. Ha habido personas que se han "aprovechado" de mi trabajo y otras que sencillamente me han decepcionado. Hace muy poquito uno de mis socios actuales, y amigo desde hace años, debe marchar a otra ciudad y dejarnos solos en el proyecto incipiente.

La lista podría ser más larga, también más detallada si hubiese parado a especificar el dolor originado por cada pérdida. El hecho es que en el último año ha habido momentos de tristeza, de pérdidas dolorosas. Esta lista además de incompleta es parcial puesto que este año ha habido muchas más cosas, evidentemente positivas. Pero es importante darse cuenta del modo en que construimos los relatos, la información que elegimos para hacerlo sesga nuestra percepción sobre el balance emocional de nuestra vida.

Hay pérdidas que solo pueden abordarse desde la aceptación. La mayoría de las que he relatado en mi particular balance son de esas. La aceptación requiere de la comprensión de que en la vida hay muchas cosas que no se pueden cambiar, que no las podemos modificar. Con esas solo queda el costoso trabajo de hacerlas nuestras, de integrarlas de la forma más sana posible en nuestra historia. A mi me ayuda mirarlas a los ojos, no negarlas, y llorarlas mientras mantenemos la mirada. Aceptar es como un paseo de despedida y como un ejercicio de memoria que comienza siendo agrio y termina más dulce. Debemos dejar ir reconociendo el valor de lo vivido.

Otra estrategia que ayuda en este balance es el de la suma. Lo nuevo que viene junto con la propia inercia de la vida poco a poco cubre los espacios vacíos, genera nuevas oportunidades. Para esto hace falta confiar en esa energía intrínseca o, al menos, estar abierto a dejar que nos lleve donde quiera.

En la contabilidad emocional es importante minimizar las pérdidas y aumentar las ganancias. Para ello podremos recurrir a la aceptación, a la apreciación de lo vivido antes de haberlo perdido, y a la exploración y experimentación de las oportunidades que cada día la vida nos ofrece. Es fácil sentir el dolor por el precio emocional que este último año se ha cobrado en mi vida. Quedarse solo con eso es tentador. Nos cuesta dejar ir, incluso lo malo. Pero el balance no se completa hasta que la visión de ese tiempo al que nos referimos incorpora esas emociones, esas experiencias en nuestra particular historia.


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