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martes, 10 de mayo de 2011

Indignarse si, y luego?

Rondan últimamente artículos y reflexiones varias sobre la indignación que parecen haberla puesto de moda o, al menos, han servido para traerla a un cierto primer plano. Casi todos los ángulos desde los que he observado su tratamiento parecen reivindicar la necesidad de propiciar una recuperación de esa emoción como elemento necesario para el avance social. De todas ellas ennumeraré alguna para contextualizar mi reflexión.

Por una parte, y posiblemente el principal detonante de toda esta ola, está la publicación del libro “Indignaos” escrito por el francés Stephan Hessel y prologado en la edición en castellano por Jose Luis Sampedro. Es una obra de lectura rápida en la que el autor, un hombre de más de noventa años ponente de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, explica las razones por las que a su entender debemos sentirnos así en el mundo que vivimos hoy en día. También Arturo Pérez Reverte en sus artículos semanales a menudo me hace encontrarme con su gris certeza de cómo ciertos sinsentidos han terminado por adoptar el norte geográfico de las preocupaciones sociales de nuestro país. Otro elemento que también me hizo profundizar en esta inquietud sobre la indignación, fue el artículo del diario "Público" titulado "¿Porque no se produce un estallido social?". En este caso la celebración del primero de mayo en nuestro país sirve de contexto para reflexionar sobre las posibles causas que justifican la paradoja de que con casi 5 millones de parados haya tales niveles de desmovilización social. Por último no me resisto a mencionar otra perla publicada hace ya unos meses y firmada por Koldo Sarachaga en el Diario Vasco. Un artículo lleno de provocación titulado "Despierta sociedad!" cuya lectura recomiendo.  

Desde el punto de vista emocional, la indignación es un sentimiento de reacción ante la injusticia. Resulta, pues, un indicador sobre la concepción del individuo en relación con la organización social y el juego de equilibrios y desequilibrios que la definen. Cuando observamos o somos conocedores de una situación que valoramos de injusta hay una emoción de contrariedad, de incomodidad, de rechazo de la misma y de las conductas que la han generado. De hecho la indignación aparece, o bien a la vez, o bien a posteriori de la injusticia.

Como toda emoción la indignación nos indica cómo un estímulo, en este caso externo, afecta a una parte de nosotros mismos. Nos vemos tocados, nos vemos afectados por situaciones que nos parecen particularmente sangrantes, dolientes, con las que nos encontramos vinculados o sensibilizados. Por lo que ese sentimiento pone de manifiesto hasta donde alcanza la afección individual ante problemas que no son exclusivamente propios, o mejor dicho cómo hacemos nuestros aquellos problemas que no solo nos afectan directamente a nosotros. La conciencia sobre lo que es justo o sobre lo que no lo es interactúa de manera directa con la indignación. Podemos pensar que tal o cual hecho es injusto pero ésto no necesariamente nos indigna. Podemos percibir la injusticia como un pensamiento que sirve para describir la realidad. La indignación, en cambio, provoca una reacción emocional ante lo injusto, va mucho más allá puesto que predispone al individuo a actuar en contra de lo que lo ha provocado.

Ante la indignación hay varias dilemas, como en la  gestión de cualquier otra emoción (ya lo veíamos en el post sobre el miedo).  La incapacidad de verse afectado por la indignación, la excesiva sensibilidad ante situaciones que generen ese sentimiento o la aceptación de las causas que generan situaciones de injusticia son algunas de los problemas asociados a esta emoción. Veamos algunas claves:

Ignorar la injusticia.

La concepción sobre justicia es un primer factor muy interesante sobre el que pararse para entender la indignación, o la falta de la misma. Si no prestamos atención al dolor ajeno, si ignoramos los daños producidos intencionalmente, si justificamos los comportamientos intencionalmente violentos, si hay comprensión hacia lo injusto, o si se observa como natural, no habrá indignación. Si entendemos que el mundo funciona bajo los parámetros de la ley de la selva, del "sálvese quien pueda", aceptaremos con normalidad que la injusticia es el precio que hay que pagar, que se trata de algo normal e inherente a nuestro mundo. Situarse moral y cognitivamente en un punto cercano a estas posiciones desactiva nuestra posibilidad de indignarnos. Sin percepción ni conciencia de injusticia no puede haber indignación.

Aceptación de la indefensión.

Otro factor que desactiva la indignación es el de la indefensión aprendida. En la medida que hemos perdido la esperanza de influir en las causas que generan la injusticia que nos indigna, ésta queda huérfana y se diluye. Otras emociones con importantes componentes fisiológicos, como por ejemplo el amor, llevan al individuo a emprender una serie de acciones de dudosa utilidad pero que son fuertemente impulsadas por esa emoción. Cuando uno está enamorado pero observa que no es correspondido estamos en un caso parecido al de quien se indigna pero no consigue reconducir la situación de injusticia que le provoca. Vivimos en una sociedad que gasta muchos esfuerzos en repetirnos que no vale de nada que luchemos por los demás y esto, junto con una experiencia personal de frustración, genera la indefensión que inhibe la indignación.
 
Vincularse y movilizarse.

La empatía, el conocimiento mutuo y la relación son factores que ayudan a la indignación. Cuando creo lazos, cuando me identifico, cuando "me siento parte de", trasfiero de mi en el otro. En la medida que ese lazo sea sincero, intenso y fuerte mi indignación ante la conculcación de derechos de esos "otros" será mayor. Interactuar nos hace crecer y nos humaniza, también por nuestra capacidad de reaccionar (sentir o emocionarse) ante situaciones de otros.

La indignación invita a la acción. Situaciones para indignarse son frecuentes en nuestro día a día. Si tan solo dedicamos un poco de tiempo a encontrarnos con nuestras emociones descubriremos que tanto la indignación como el enfado viven dentro de nosotros. Dejándoles que se expresen con más libertad su presencia y su intensidad irá creciendo, dedicando un tiempo a satisfacer sus demandas de acción contribuiremos a un mayor equilibrio emocional, a una mayor y más adecuada gestión de los mismos y a una progresivo rearme ético como individuos. Indignarse contribuye a crear conciencia y a actualizarla, ayuda a la conformación de ideología, a la configuración de unas creencias personales en cooperación con las ideas contenidas en el repertorio experiencial de cada individuo.


Ojala esta ola de reflexiones sobre la indignación sirva para ayudar a que reaprendamos a indignarnos y con ello a mejorar individual y colectivamente.
 

3 comentarios:

  1. Hola Pablo, he encontrado tu blog y me parece muy interesante, estoy fascinada con el tema del estudio de las emociones, seguiré leyendote a partir de ahora, un saludo.

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  2. En ocasiones la indignación es como una salida para no enfrentarte con el que te ha indignado, es como un resorte de escape es una indignación en slencio interna y puede ayudar a no enquistar un problema lo dificil puede llegar cuando esa indignación se convierte en violencia y no sabes canalizarla, eso si se convertiria en problema, pero mientras sea una mera forma de vocalizar una adversidad, contrariedad.No deja de ser una válvula de escape, y ya se sabe como las ollas expres mientras dejes salir el vapor ni tal mal en cuanto las cierras de forma hermetica, buscas su salida o estallan.

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  3. Me parece que desde el punto de vista dialectico al movimiento le hace falta la actividad activa con respuestas concretas basadas en arte y ciencia o termina como los dinosaurios por incapacidad de adaptacion.

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