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lunes, 26 de marzo de 2012

Una historia de amor


Correr hacia el amor
 Cuando el amor corre y hace kilómetros, éstos terminan construyendo largos caminos que atraviesan paisajes de montañas de planes juntos, de valles bañados por ríos de ilusiones, de veredas estrechas de caminar pegados… Caminos que recorren parajes con olores y sabores de besos, de amantes avanzando de la mano. Esos tránsitos, vayan lentos o vayan rápidos, siempre avanzan, como el río que busca a veces ansioso, a veces tranquilo el mar de su descanso. La velocidad nos permite ver el amor de diferentes maneras, tantas como distintas sean las intensidades que tenga. Pero siempre nos empuja, nos lleva a movernos, a no quedarnos quietos. Paradójicamente ese movimiento, es el que nos lleva, a veces, a despedirnos, a separarnos de la persona amada.

En medio de la carrera, la inercia hace difícil imaginar el momento de parar, o incluso que siquiera pueda ser posible hacerlo. Así iban ellos siguiendo a su amor, a veces veloz, a veces loco. Él era tan enérgico que, demasiadas veces, su ímpetu más que hacerle correr le llevaba volando. Ella, como en tantas otras historias de amor, era justo lo contrario, una esforzada en llevar personalmente los timones de la vida.

Perseguir un amor
Su historia era un tozudo esfuerzo por llevar la contraria a la razón. Se tropezaron con un amor no buscado, que a ambos traería complicaciones añadidas, sin demasiadas garantías de disfrutar de beneficios notables a cambio. Se sedujeron porque no quisieron contrariar la espontánea candidez de sus sentimientos. Se sintieron puros para amar tras demasiados años viviendo entre disfraces coloristas, maneras artificiosamente diplomáticas, problemas de difícil salida. Pensaron en la locura que sería si matasen aquel amor tan sencillo, tan bonito. Seguramente fue esto más que otra cosa la que les hizo amarse despacio aquella primera noche.

         Es verdad que además de todo esto, aquel amor nació como un imposible, que justo lo hizo en aquel pequeño instante de tregua que la mutua sorpresa de él y de ella le dieron. Les separaban cientos de kilómetros, muchas horas de viaje, unas vidas vividas en las antípodas del otro, diferentes concepciones del mundo y de las gentes y sobre todo distintas actitudes frente al amor. Él vivía esperanzado de hallar amor, ella estaba resignada a disfrutar de un amor conocido que la hacía disfrutar de una calidez controlada.
  
        

         Había un eterno olor a mar entre sus abrazos. El final de sus viajes para encontrarse, era el refugio que habían encontrado un hotel de un pueblo marinero. Cuando, por fin, sus ojos les traían la imagen del otro, ella comenzaba un ritual de seducción que él aceptaba gustoso. Un abrazo medido, una larga conversación mientras tomaban un café, y un pitillo que ella fumaba despacio, muy despacio para que a él el deseo le fuera exasperando. El tiempo entre ellos les desplazaba lejos de sus vidas, de las circunstancias que les separaban. Era como un túnel en el tiempo y en el espacio que les llevara a una época sin explorar donde se deleitaban haciendo turismo, caminando sin más responsabilidad que la de disfrutar de cada paso, de cada parada, …

         Sus desencuentros, vamos, cuando no estaban juntos, eran tiempos de viajes solitarios, de kilómetros en sentidos opuestos. Él, desde el principio, se empeñó en hacer crecer aquella casualidad que les hizo amarse. Ella medía el tiempo que sería razonable mantener la locura, totalmente sabedora de que cada minuto de prologa para aquel amor era una razón más para dejarlo atrás, para decir adiós, para despedirse. Seguramente entre tantos viajes de ida y de vuelta, tantas llamadas nocturnas por teléfono, tantos esfuerzos por dar apariencia de sentido a aquel amor, él no pudo ver cómo ella empezó a buscar cómo salir de aquel atolladero. Y no es que ella se cansara de él, se le desdibujaran los perfiles de aquel amor, ni siquiera que se le borrara aquel olor a sal y a pez, no, no… Sencillamente ella sabía que aquello debía de acabar, tanto como que su corazón no lo deseaba. Así empezaron a separarse, cuando sus miradas se extraviaban del otro junto en el instante que sus coches emprendían el viaje de vuelta.


         Seguramente ella habría deseado hacerlo de otro modo. Pero llegó un momento en el que sintió que no había marcha atrás. El cada día conseguía que aquel milagro fuera haciéndose mayor, con el paso de los meses ella empezó a temer que aquella locura no le dejara hacer su vida tal y como la había estando haciendo. Temía que aquel cándido amor la cambiara la vida, y ella no podía, no quería, no estaba preparada.

         Así que un día soleado se asomó a la ventana de su nueva casa y se puso a contemplar el mar. Le gustaba mucho su vida, estaba contenta del apartamento que había adquirido recientemente, se sintió fuerte. Y en aquel instante otra vez le vino la imagen de él, recordó la última conversación de la última noche y decidió que ya no más, que no le volvería a ver, que no le volvería a besar y que jamás le ofrecería su cuerpo para el deleite del amar. El verano estaba a punto de llamar y ella quería aprovechar para escapar por aquella puerta abierta, rebosante de luz.
Mezclar y amar

         Pero una vez tomada, la decisión se tornó difícil de ser comunicada. Ella temía que solo con oír la voz suave de él, que siempre la acariciaba con susurros, su determinación se deshiciera. Y no llamó, ni respondió a llamadas. Claro él ajeno a todo esto empezó a notar su falta, que luego se hizo lejanía e incluso frialdad. Pero él seguía llamando, seguía buscando aquello que creía suyo. En algún momento se pudo colar una llamada suya entre la tupida red de su malla protectora, pero ella le hablaba con esa exquisita corrección de quien oculta, de quien esconde. Así acabó una historia que nació del encuentro de dos pececillos que se encontraron mientras nadaban entre los barcos de aquel puerto pesquero gallego. Bueno, acabó si a acabar se le llama no verse aunque el corazón siga palpitando.

3 comentarios:

  1. ¡JO! un final para mi gusto doloroso porque si el corazón sigue palpitando y la realidad es lo contrario es, se me ocurre, como un "choque de titanes" ¿quién no sabe cómo es una carga de ese peso?


    daniela

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    Respuestas
    1. La clave, para mi, es que amar merece la pena por encima del resultado de las relaciones, aunque acaben, aunque el final sea contra nuestra voluntad. Demasiadas veces el amor va disfrazado de interés y nos confunde. Amar, solo amar y disfrutarlo sobre todo mientras sea correspondido. Despidiendo amores desde el dolor de la pérdida y desde la grandeza de amar.

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  2. ETERNO AMOR
    Qué momentos tan felices:
    Cuando compartían tiempo y amor.
    Qué tiempo tan sublime:
    Cuando su amistad era la vida;
    cuando sus corazones inmersos en el sosiego
    de la tarde esperanza.
    Cuantos sueños soñados y sin sueño
    brotaban de sus corazones.
    Quizás fuera un suspiro que lo freno la noche
    sin darse cuenta, cuando cumplió su tiempo.
    Solo ella ha sido densamente humana.
    Sinceramente cierto. Sobrado amor inagotable.
    Todo se consolida y si no, se pierde sin freno
    en medio de las olas…, del viento y de la nada.
    Antonio Molina

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